miércoles, 21 de mayo de 2008

George Bailey cumple 100 años


"Yo no interpreto, reacciono"

El martes 20 de mayo James Stewart hubiera cumplido cien años. La dupla Bobolonga que oficia este cronosinclástico hábitat comparte admiración, recuerdos emocionados y debilidad por este legendario actor, fallecido por una embolia pulmonar en 1997. Larguirucho, de maneras elegantes y tranquilas, y con una suave y pausada forma de hablar, Stewart nunca fue el galán estereotipo de Hollywood, pero su discreta –sólo en apariencia- presencia recorre decenas de obras maestras durante la era dorada de la industria.

“Soy un hombre inarticulado, que se expresa con dificultad, y que siempre lo está intentando. Realmente no tengo todas las respuestas, pero, por alguna razón, lo consigo”. ¿Dónde está el clic que convierte a los buenos actores en mitos? En Stewart, los extremos apenas se transitaban. Su magnetismo no procedía del impacto físico ni del culto al Actor’s Studio ni del marketing de los grandes estudios. Sin embargo, su capacidad para transmitir, para caminar sobre la empatía del espectador era y es poderosísima. Escondido bajo una pátina comedida y reflexiva, el actor racionaba los escapes emocionales, por eso cuando llegaban agarraban por el pescuezo y ponían un nudo en la garganta. Le bastaba el prodigioso arco de matices de su mirada, de sus gestos, y la frase entrecortada, a medio camino del atrevimiento, para hacernos creer a pies juntillas en el personaje.

Personajes casi siempre honestos, desinteresados e idealistas, líderes improbables de la comunidad, tipos corrientes lanzados de súbito a una crisis de la que emergían con heroicidad. Para mí, James Stewart remite irremediablemente a Frank Capra, el cineasta del new deal Roosvealtiano, el director del voluntarismo cinematográfico, del patriotismo y de la elevación del ser humano y los valores americanos por encima de todos los males. Un pianista de las emociones humanas, denostado por cierta crítica que se pone los guantes de lycra para ver un film, que analiza cada historia en función de su visión ideológica. Sí, en los filmes de Capra siempre había final feliz, existían héroes de inquebrantable bondad y el egoísmo era derrotado, pero su vigencia sigue siendo extraordinaria.

Y sí, James Stewart, el hombre, no el actor, era un tipo ideológicamente muy pero que muy a la derecha del partido republicano, de por sí ya muy pero que muy a la derecha. Un fundamentalista al lado de los inquisidores en la oscura etapa del maccarthysmo, defensor de los argumentos ultra de su amigo del alma John Wayne, resonante voz en las sendas campañas presidenciales de Richard Watergate Nixon, adalid de las políticas Reagan y fustigador de los chavales que protestaban contra Vietnan ("Los odio, ¡son una pandilla de cobardes!") Qué más da. El juicio moral no viene preescrito en este post.


Como el cine está hecho del material del que se construyen los sueños, anoche hice un ejercicio de Stewartismo. Cerré los ojos y vi a George Bailey corriendo por el pueblo nevado de Bedford Falls, saludando a voz en grito a todos sus paisanos, con la euforia recobrada de Qué bello es vivir. Recosté la cabeza en el sofá y dibujé al senador –por accidente- Smith en el alegato de filibusterismo más hermoso de la historia del cine, hablando hasta la extenuación en el Congreso estadounidense para evitar la aprobación de una ley injusta y corrupta. Una batalla perdida que ganaba un Caballero sin espada. Seguí soñando y las imágenes aparecían en forma de espiral, en un beso de Scottie que daba Vértigo, girando una y otra vez sobre los labios de Kim Novak. Al parpadear y mirar en la distancia, imaginé luego un telescopio parapetado en una Ventana indiscreta, y el ojo azul clarividente de L.B. Jeffries, que adivinaba un crimen en el edifico de enfrente.

Más tarde apoyé la cabeza en el respaldo de un asiento de un tren, y observé a Ransom Stoddard, sentado con cargo de conciencia junto al ataúd de John Wayne, El hombre que (realmente) mató a Liberty Valance. Después cambié el tren por el avión, y al pasar de refilón por la cabina del piloto, me pareció atisbar las manos largas de Charles Lindbergh, en la ruta destino a la historia a bordo de El espíritu de San Luis. Llegué al aeropuerto y entré en una tienda, donde descubrí a Alfred Kralik mirando de reojo y con timidez a su enemiga dependienta, amada epistolar por descubrir en El bazar de las sorpresas. En un momento de eléctrica plenitud, me tiré de espaldas a la piscina y, en el vuelo aéreo, mientras cortaba el aire con dos tirabuzones y medio, se me cruzó la sonrisa burlona de Tony Kirby, pensando aquello de Vive como quieras, al contemplar a su ricachón y amargado padre dando vueltas sobre los hombros del ex campeón de lucha grecorromana Kolenkhov.

Por la noche, me puse un sombrero antiguo y bajé las escaleras en busca de Tierras lejanas, deseando compartir viaje con el ganado de Jeff Webster en medio del salvaje Oeste. Ya nada me podía parar, y tras bailar alrededor de los ojos de mi chica durante toda la noche, me dio por subirla en mis brazos para entrar en casa. Al cruzar la puerta, casi tropiezo con la melena pelirroja con olor a gin tonic de Katharine Hepburn, a hombros del periodista de alta sociedad Macaulay Connor, vértice del triángulo delicioso y sofisticado de Historias de Filadelfia. El día acabó a lo grande, con un aplauso ininterrumpido de 15 minutos, que inmediatamente mis tímpanos conectaron a una noche de 1985 en el Kodak Theater de Los Ángeles, donde la comunidad del cine rendía homenaje a James Stewart con un Oscar honorífico.


"Soy James Stewart interpretando a James Stewart. Podría echarlo a perder buscando otras caracterizaciones. Simplemente interpreto variaciones de mí mismo”.
Con eso nos bastó a todos, y con eso entró para siempre en el Olimpo del séptimo arte. Gracias por los grandes momentos. Happy Birhtday, Jimmy!

viernes, 9 de mayo de 2008

Fatih Akim, pulmón del cine europeo



Fatih Akin, uno de las miradas más interesantes del cine europeo actual, conseguía a finales de abril el Lola de Oro -el equivalente al premio Goya español- a la mejor película alemana de 2007 por su obra Auf der anderen Seite (Al otro lado). El filme explora las relaciones entre Oriente y Occidente a través de las historias de seis personas cuyas vidas se entrecruzan por el azar. El director germano de origen turco ganaba también el galardón a la mejor dirección, al mejor montaje y al mejor guión. Desde este camping hippy rotulado Os Bobolongos celebramos la acertada elección de Akim, porque su cine vigoroso, honesto y a pie de asfalto nos hace extender el corazón en 35 milímetros.

El talento visual de Akim para narrar historias eléctricas, pobladas de personajes tan perdidos como creíbles y cercanos, sobresale a lo largo de su carrera: desde el canto a la amistad y el retrato de la juventud inmigrante de Corto e indoloro, pasando por el amor desgarrado en forma de puñetazo de Contra la pared, hasta el mágico viaje en pentagrama a Estambul, la ciudad de los tres nombres, en Cruzando el Puente. Os dejo con un sabroso perfil de este fantástico director que le dedicó hace unos días el blog amigo La inquieta mirada. ¡A comer palomitas -sin hacer ruido- y a disfrutarlo!

sábado, 26 de abril de 2008

Sabes más el diablo por viejo que por diablo


Billy Wilder se paso las dos últimas décadas de su vida (murió en 2002 y su último filme fue Aquí un amigo, de 1981) atado en el sillón de su despacho, bajo su cartel más querido –Piensa antes en cómo lo haría Lubitsch-, esperando que le dejasen dirigir de nuevo. En el esplendido libro Conversaciones con Billy Wilder, del también cineasta Cameron Crowe, el incomparable Wilder repasa su tortuosa colaboración con otro genio mayor de la escritura, Raymond Chandler, en el guión de Perdición. El trabajo mano a mano entre el director austriaco y un Chandler de 62 años, ya absolutamente alcoholizado, fue un terremoto continuo que acabó en un enfrentamiento público entre ambos.

Con su afilado sarcasmo, Wilder recoge en el libro de Crowe aquella relación: "Con el tiempo, la ira se disipa, se diluye. Uno se olvida. No puedo perdonar a Hitler, pero claro que puedo perdonar a Chandler. Es otra cosa... aunque... Chandler tenía un poco de Hitler". Lo cierto es que, a pesar de la guerra civil entre ambos, de la tempestad nació la obra maestra, y la pareja dio forma a Perdición, para muchos una de las obras centrales del film noir, un prodigio de perfección estructural, estilítica y de dirección.
"La mejor película hecha jamás", según un tal Woody Allen. "Chandler no quería saber nada de la estructura de un guión cinematográfico. Era un desastre para ello. Pero era un genio para los diálogos y las frases potentes (No hay nada más vacío que una piscina vacía)", es como Wilder describe la fórmula química que hizo resplandecer el guión.

La referencia a Billy Wilder nos acerca a la razón original de este post, la película Antes que el diablo sepa que has muerto, de Sidney Lumet, uno de los últimos directores clásicos vivos, que corrobora con su vigorosa cámara que sabes más el diablo por viejo que por diablo. A Wilder, como decíamos, y a pesar de su absoluta lucidez, se le tuvo en barbecho los últimos 21 años de su vida por miedo a que fuese incapaz de terminar un nuevo rodaje. Afortunadamente, a sus 83 años, a Lumet aún se le permite seguir haciendo hoy lo que mejor sabe: dirigir estupendos thrillers. Y su última obra le vuelve a emparentar con Wilder ya que, sin llegar a la perfección del maestro austriaco, Antes de que el diablo sepas que has muerto conjuga la cuadratura soñada que todo buen noir debe exhibir: estructura, ritmo, diálogos directos y giros inesperados.

La película es cine negro en estado puro, un thriller de ritmo apabullante e hipnótico. La tensión va in crescendo como una locomotora de alta velocidad, al igual que la sensación de asfixia alrededor de los personajes, que se va cerrando como la niebla del Londres de la época victoriana y Jack el Destripador. Foi de primera envuelto en un montaje implacable, de atrás hacia delante y de delante hacia atrás, ese rompecabezas cronológico mil veces utilizado desde que Quentin Tarantino lo volviese a poner de moda con Reservoir Dogs, el Rashomon de los noventa, y Pulp fiction.

Una historia de pobres diablos pusilánimes con la palabra fracaso escrita en su futuro, tipos encorsetados con un diablo dentro que ansían el crimen perfecto y padres secos como un pozo de agua esquilmado. Una escalada de perversa e inepta aptitud criminal, que desemboca en una melodramática tragedia familiar contemporánea, en la que quién más daño te puede hacer es aquel a quién tienes más cerca: el ribete shakesperiano trágico y fatalista en la relación del padre con sus dos hijos.

El reparto protagonista lo borda, así que sería un crimen visionar esta joya en su versión doblada. Philip Seymour Hoffman, actor del año para este Bobolongo por su fantásticas interpretaciones en The Savages y La guerra de Charlie Wilson, y Ethan Hawke, sorpresa agradable del filme, clavando su personaje de perdedor, son los hermanos Andy y Hank Hanson, uno el alpha (Hoffman) y el otro el beta (Hawke).


La recuperada Marisa Tomei , la femme –que no fatale, a pesar de su adulterio- de la historia, es Gina, casada con Andy (Hoffman). Su papel de esposa insatisfecha sexualmente quizá sea el personaje más desdibujado de la película, aunque tiene tiempo para regalar el mejor desnudo femenino del 2007, según el diario sensacionalista The Sun. El cuarteto principal lo cierra el grandísimo Albert Finney, que agarra la película en su último tramo para dominarla con sequedad, dolor y brutal corazón de hielo. También hay una ventana para Amy Ryan, la madre drogata e irresponsable de la notable Gone, baby gone, del sorpresón Ben Affleck (¿será al final más que una cara de palo?). Ryan interpreta aquí el papel de la tercera hermana Hanson, la única normal de los tres.


Además del reparto en estado de gracia, el carbón que mueve la caldera de la película es un guión preciso como un reloj suizo, contundente, fluido y con vueltas de tuerca inesperadas, que contiene señales de que estamos ante un escritor con un futuro poderoso, el debutante Kelly Masterson (también autor teatral). Un guión, por cierto, escrito en 1999 que ahora por fin ha visto la luz, y que ha permitido a Masterson abandonar su trabajo en un banco y dedicarse a su sueño de escribir. Una fantasía muy recurrente que esta vez se ha hecho realidad.

Acudiendo a las enseñanzas del maestro William Goldman en su obra de cabecera para cualquier amante del cine, Las aventuras de un guionista en Hollywood, hay que ser muy bueno para poner en los labios de un actor, no ya secundario sino terciario, la mejor frase o revelación con mayor carga de profundidad del filme. Goldman, padre de fabulosos guiones como los de Todos los hombres del presidente, Dos hombres y un destino, Misery o La princesa prometida, entre decenas de otros, cita a Joseph L. Mankiewicz y su guión de La princesa descalza, con Humphrey Bogart y Ava Gadner.

En la película, Bogart es un director de élite y Gadner la nueva sex-symbol del cine, pero sin ninguna relación sexual entre ellos, porque Boggie se enamora y se casa con una script. Esta script, con apenas unas líneas en toda la historia, es la que dice la frase más memorable del filme. Bogart juega al backgammon con su esposa en un casino. Gadner está en frente. De repente irrumpe una rubia borracha que se empieza a meter con Ava, celosa de su éxito y misteriosa vida sexual. Le pregunta con quién se acuesta. Se arma una bronca y llega la frase-torpedo: "Lo que ella tiene, no podrías ni deletrearlo, y lo que tú tienes, solías tenerlo...". ¡¡Buum!! Mastica eso. Golpe certero y brillante, sólo que quien lo dice no es la superestrella Bogart, sino su mujer, apenas una sombra en la película.

Pues bien, Kelly Masterson repite atrevimiento, salvando las distancias de calidad respecto a Mankiewicz, claro está. Masterson pone en los labios de un personaje terciario, un repulsivo prestamista de joyas judío, la revelación clave de la película y la frase más destructiva sobre la familia que desencadena la venganza del padre. Otra señal de magisterío de guión es la escena inicial, sexo sin inhibiciones entre Andy (Hoffman) y su mujer Gina (Tomei), a simple vista, una escena gratuita. Nada más lejos de la realidad. Un mandamiento del cine clásico es conseguir en el comienzo de una película definir a un personaje, al protagonista, si puede ser. En apenas unos minutos, saber de qué pie cojea el tipo.

¿Por qué abrir la historia así? Porque, aparte de sus viajes con jeringuilla, es el único momento del filme donde Andy ríe, es feliz, está relajado, sin ninguna responsabilidad... Y donde le vemos mirarse en el espejo mientras folla, orgulloso, arrogante... Sólo hay sitio para "yo" en su cabeza... "yo, yo, yo", como demuestra también en la conversación post coito con su mujer. Así traza Lumet las líneas gruesas de Andy, un tipo obsesionado consigo mismo, deseoso de evadirse de la realidad, de echar a la basura su encorsetamiento -es también el único momento donde su pelo no está engominado-, de vivir una libertad a la que no se atrave a saltar.

Como también, nada más comenzar la película, entendemos la bajeza moral a la que ha llegado el personaje de Paul Newman en Veredicto final, obra maestra de Lumet, cuando el actor acude a un velatorio, haciéndose pasar por amigo del muerto, y le entrega una tarjeta de abogado a la viuda, por si ésta quiere reclamar indemnización al tratarse de un accidente. La viuda le echa a patadas por ser tan rastrero y el devenir amoral del personaje del mito Newman queda definido en tres minutos. Volviendo al guión de Masterson, vale la pena destacar también la escena anterior al robo, de un patetismo cómico excelente, con el tembloroso Hawke disfrazado con una peluca y bigotes de bufón, y el matón preparándose para su momento poniendo heavy metal en el coche: "Right now, I got to get into character“ (Ahora me tengo que meter en el personaje).

Pero el circo no encandila sin un maestro de ceremonias que mueva los hilos con acierto, y en este caso Sidney Lumet toca las teclas como Chick Corea el piano. Joder qué bueno es. Un director capaz de hacer que un armario empotrado del calibre de Vin Diesel pareza un actor (Find Me Guilty) es casi sobrenatural. Sabio en sus decisiones pre rodaje -convirtio la relación de amistad de Andy y Hank del guión original en una filial y borró el hijo del matrimonio Andy-Gina que figuraba en el texto-, Lumet mantiene su pulso férreo durante toda la narración, alimenta la tensión paulatinamente y equilibra con brillantez los momentos de fuerza de cada personaje. Nominado cuatro veces para el Oscar como mejor director -12 hombres sin piedad, Tarde de perros, Network y la citada Veredicto final- y una como mejor guionista -El príncipe de la ciudad- , Lumet demuestra que la Acamedia se equivocó al entregarle el Oscar honorífico a toda su carrera en 2006: le queda cuerda para rato.

Dos de las biblias de la crítica en la red, Rotten tomatoes y Metacritic le otorgan a la película porcentajes cercanos al 90%. Robert Ebert, uno de los críticos más prestigiosos desde su atalaya del Chicago Sun Times, le da cuatro estrellas y califica a Lumet de "tesoro viviente". Richard Schickel, en la revista Time, coloca al filme el tercero en su lista de mejores películas de 2007. La taquilla, por el contrario, ha sido tacaña con la magnífica obra, 17,5 millones de dólares recaudados en todo el mundo por el momento.

Entrevista a Sidney Lumet (en inglés)

Si quieres bucear, la lista de imdb con más de cien críticas en la red


Sinopsis oficial del filme (yo que tú no la leía...)

Desesperados por conseguir dinero fácil, dos hermanos de clase burguesa, Andy, (Philip Seymour Hoffman), un ambicioso hombre de negocios casado con una mujer florero y adicto a la heroína, y Hank (Ethan Hawke), cuyo sueldo se va casi íntegramente en pagar la pensión de su ex mujer y su hijo, conspiran para llevar a cabo el atraco perfecto: atracar la joyería de sus padres en Wetchester, Nueva York.
Nada de pistolas, nada de violencia, y nada de problemas. Pero cuando su cómplice decide no cumplir las reglas del juego, las cosas no salen como ambos se esperaban.

martes, 15 de abril de 2008

'Hotel Terminus': la ruta de las ratas



En la memoria colectiva de la Humanidad hay mucho rastro de sangre y atrocidades, pero quizá ningún otro acontecimiento como la Segunda Guerra Mundial ha resumido de forma más cruel hasta qué punto de barbarie el ser humano es capaz de llegar. Como está contando con sabiduría la otra mitad Os Bobolonga en su brillante serie El siglo XX europeo: historia de la hipocresía, muchos de los lodos actuales vienen de aquellos barros: la conculcación del derecho internacional, la ocupación palestina, el poder –blando y duro-de Estados Unidos, la nula capacidad europea de acción común...

Especialmente abrasiva es al cuestión del Holocausto judío. Cómo pudo llegar a suceder, cuántos ciudadanos -no sólo de Alemania- lo sabían, qué países fueron cómplices, hasta dónde llegaba –y llega- el antisemitismo en aquella Europa o hasta qué punto se han depurado responsabilidades son sólo agunas de las preguntas que acechan la ambivalente conciencia del Viejo Continente. Para su respuesta es aconsejable añadir a la lectura de la historia escrita por los vencedores la alimentación a través de otras fuentes, textos y crónicas. Visiones perpendiculares y con muchas más aristas que la línea oficial, como el impresionante documental que está en el origen de este post: Hotel Terminus.


El paso del tiempo, el derrumbamiento de la Unión Soviética, el advenimiento de la sociedad feliz consumista y la memoria Memento de gran parte de la opinión pública va arrinconando aquellos hechos de La Gran Guerra a un cuarto oscuro, pero, de vez en cuando, suceden casualidades del destino que le sacan a uno de la atonía y le hacen recordar las palabras del hombre de las mil citas, Winston Churchill: Aquellos pueblos que no conocen su historia, están condenados a repetirla. La película Hotel Terminus, Leben und Zeit von Klaus Barbie (Marcel Ophüls, 1988) ha sido, en ese sentido, un chasquido brutalmente revelador para mí.


Cocinado por mi amada Claudia, habíamos preparado un delicioso menú gourmet fílmico para la tarde del domingo. Aún con la visita fresca en la memoria a König Platz, Carolinen Platz y Maximilian Strasse –área vertebral donde se concentraron los lugares de culto del nazismo en Múnich-, nos dispusimos a visionar la citada Hotel Terminus, considerada en diversas guías cinematográficas el mejor documental del siglo XX -con la aprehensión que estos latiguillos me suelen provocar- y Los falsificadores. Ésta última es un filme austríaco ganador del Oscar 2008 a la mejor película de habla no inglesa, que narra la odisea de un talentoso grupo de judíos que, para sobrevivir en un campo de concentración, falsifican libras y dólares para los alemanes. Una obra de buen ritmo y factura
, pero a años luz de la increíble dimensión de su compañera de sesión doble.

Hotel Terminus se proyecta sobre la macabra figura de Klaus Barbie, carnicero de la Gestapo en el área de Lyon y responsable de torturas, asesinatos y deportaciones de hombres y niños judíos a los campos de exterminio. Según Wikipedia, se le acredita a él o a sus colaboradores el envío a campos de concentración de 7.500 personas, 4.432 asesinatos y el arresto y tortura de 14.311 combatientes de la Resistencia francesa. Pues bien, la película se asoma como premisa a este criminal atroz, a través de cientos de entrevistas por medio mundo, pero su profundidad produce un eco infinito de mensajes sobre el papel jugado por las potencias ganadoras de la guerra, la conciencia de la ciudadanía francesa, el papel y verdadero valor de la mediática Resistencia y la podredumbe miserable de la real politik mundial.

Klaus Barbi, de oficial de la Gestapo
y en el juicio posterior


El filme avanza como un lúcido cometa, descubriendo nidos de serpiente y ramificándose en inesperadas reve
laciones que llaman a la puerta de la conciencia. Por la cámara de Ophüls pasan víctimas y verdugos, ciudadanos de a pie, fiscales, cazadores de nazis, nostálgicos hitlerianos y, sobre todo, gentes que decidieron mirar a otro lado. "Ya sé, usted me va a decir que... Mire, yo no sabía nada. Además, esas cosas pasaron hace más de cuarenta años, no se puede remover el pasado así" es la letanía que se repite, de inquietante parecido a la que braman los antirevisionistas del franquismo. La justicia, que no la venganza, enterrada en aras de la tranquilidad de conciencia.

Concentración nazi en Nuremberg en 1934

A través del sobrecogedor sendero por el que nos guían las pesquisas de Ophls, el espectador aprende, entre otras enseñanzas, que los crímenes a los judíos siempre tienen una pena menor, que Estados Unidos protegió a la bestia Barbie, que la llamada ruta de las ratas que mandaba nazis a Suramérica contaba con la inestimable ayuda de miembros de la curia Vaticana o que los nazis jugaron un papel importante entre bastidores en los golpes militares en el continente americano en la década de los sesenta, setenta y ochenta.

Hotel Terminus –cuyo título recoge el nombre del hotel donde Barbie y sus carniceros torturaban a la gente- nos descubre como el asesino fue fichado por los servicios secretos estadounidenses nada más terminar la guerra para reforzar su equipo de contraespionaje, cuando ya se fijaba el objetivo en el nuevo gran enemigo, la Unión Soviética, en el amanecer de La guerra fría. Las virtudes de Barbie interrogando y sus contactos en el Este fueron los argumentos para su fichaje. Al igual que para el programa espacial de la NASA reciclaran a Wernher von Braun –creador de las destructivas bombas V-2 en los estertores de la guerra, construidas con las sangre de miles de esclavos muertos-, los estadounidenses usaron con profusión a Barbie para la guerra en las cloacas del estado. Una utilización de criminales confesos que también les iguala a los soviéticos en ese periodo.


Hotel Terminus
pone el dedo en la llaga del fin justifica los medios que abrazó el Go
bierno Eisenhower y la Alemania de la postguerra, decidiendo hacer tabla rasa con los criminales nazis bajo el paraguas rotulado: "Todos recibíamos órdenes" (en la RFA no se juzó a nadie por crímenes nazis). Mientras, en Francia, la estrategia fue la hipérbole del elogio a la Resistencia, el entierro de los delitos de lesa humanidad del régimen colaboracionista de Vichy y juntar todas las atrocidades bajo la denominación más comprensible de crímenes de guerra.

Concentración de apoyo al régimen de Vichy (1944)

El filme contiene momentos de meteoritíco impacto por su espontaneidad. Como, por ejemplo, cuando el director acompaña a una de las pocas niñas judías –ahora mujer- superviviente de las razzias nazis. La mujer visita la casa donde residía con su familia de pequeña, en el pueblo de Izieu, lugar del que Barbie arrancó a 44 críos para enviarlos a las cámaras de gas. Allí, junto al portal de su antiguo hogar, la mujer judía entabla conversación con una anciana asomada a un balcón. La vecina se deshace en frases cariñosas hacia la antigua inquilina, y añade profundas lamentaciones por la muerte de su familia en la guerra. "Me acuerdo perfectamente que usted no hizo nada cuando vinieron a por nosotros. Se dio la vuelta y se encerró en su casa“, le contesta la mujer judía. La palidez de la anciana y la vergüenza interior casi se pueden palpar desde el otro lado de la pantalla.

Otro momento tremendo son las patéticas palabras del propio Klaus Barbie, retenido por fin en Bolivia en un furgón, camino del avión que le llevaría a Francia para su juicio. Una captura después de más de dos décadas viviendo con todas las prevendas en suelo boliviano y haciendo las veces de muñidor de golpes de estado e, incluso, de mano entre las sombras que ayudó a dar caza y muerte al Ché Guevara en 1967, como relataba el prestigioso diario The Guardian en 2007.

Pasaporte boliviano de Barbie


Pero si la fuerza reveladora de la película jamás pierde fuelle, la vuelta de tuerca final quizá sea aún más apabullante y, al mismo tiempo, desoladora. El juicio a Barbie, que comenzó en 1987 en Lyon, se convierte a través de la incisiva cámara de Ophüls en un patético teatro de impostura y enjuague político. Con las preguntas del director alemán descubrimos que Jacques Vergès, el prestigioso abogado de Barbie, estaba financiado por un oligarca suizo filonazi cuya filantropía también regaba las operaciones terroristas de diversas facciones palestinas. Es así como extrema derecha y extrema izquierda se tocan, se abrazan y se meten la lengua hasta el fondo, mostrando el delirio al que conduce todo fanatismo.


Una sucia verdad que se intuye entre las bocanadas al Havano que da el abogado Vergès, un siniestro personaje que desprende tanta inteligencia como inquietud, y que pareciera salido de la mente laberíntica del incomparable Orson Welles. Vergès, abogado de luchadores del Frente de Liberación Argelino, que sufrieron las torturas de la policía secreta francesa durante la colonización, explica entre silencios su paso al lado oscuro y argumenta la defensa de Barbie en el sacrosanto derecho a la preescripción de los crímenes. Además, aduce, las acciones del carnicero de Lyon no fueron más terribles que las de cualquier colonialista en cualquier parte del mundo, incluyendo a los franceses, quienes nunca fueron perseguidos. Y es así como árabes, asiáticos y negros, víctimas históricas de numerosas matanzas, suben al estrado para convertirse en los mejores apóstoles de la defensa de Barbie. Una esquizofrénica paradoja que resume el periodista Alain Finkielkraut a la salida del juicio: "Si en 1945, justo al acabar la guerra, le dicen a alguien que, en treinta años, las razas sub-humanas [en concepción Hitleriana] serían los defensores de un asesino y torturador nazi nadie lo hubiera creído".
Jacques Vergès, abogado de Barbie


Pero si apesta el conglomerado que se aglutina para defender a Barbie, insoportable es el hedor que deja la conclusión final del documental. Ophüls, una vez más, vuelve a mostrar en primer plano el rostro sudoroso de una persona que miente, esta vez nada menos que el Fiscal principal, Pierre Truche, encargado de llevar el peso de la acusacion contra Barbie en el juicio. El director germano le pregunta el por qué de no llamar a declarar a testigos que desvelaban la connivencia de colaboracionistas franceses en la delación de los niños judíos. El fiscal aduce la falta de credibilidad de estos testimonios. Pero, en paralelo, la cámara vuela a uno de esos campesinos que fue testigo de la deportación. Y uno desde el primer momento sabe quién miente de los dos, quién no suda al hablar, quién habla con la tranquilidad de la conciencia limpia y de no tratar de ganar nada en el empeño. El ya anciano campesino, en su modestísima cocina, desvela cómo un paisano francés del pueblo delató en 1945 a los niños, y la posterior captura de los críos por parte de Barbie, inlcuidos culetazos en la cabeza y golpes en la barriga a los infantes. Y el amciano lo relata con la microscópica memoria de esos viejos que recuerdan la caída de una hoja hace 50 años y se olvidan de las cosas que pasan hace dos días.

Marcel Ophüls


Y es que la decisión de la Fiscalía francesa de hacer un totum revolutum con los asesinatos de miembros de la Resistencia francesa y el genocidio de los judíos mitigaba las responsabilidades históricas de la República de la Liberté, égalité, fraternité. En realidad, Barbie es condenado por matar juntos al más carismático líder de la Resistencia jamás atrapado -Jean Boulin- y a unos niños judíos. Así todos se consideran víctimas. Pero la realidad es mucho menos sencilla. Boulin, como demuestran los testimonios recogidos por Ophüls, fue cazado por una traición, fruto de las intrigas de una Resistencia carcomida por las lucha intestinas entre monárquicos, socialistas y comunistas, y cuyo peaje en vidas fue absolutamente incomparable con la tragedia del pueblo judío. Pero al meter a todos en un saco, Francia evitaba de alguna forma mirar al desnudo su conciencia, hacer un examen real de su mayoritaria ayuda a los ocupantes nazis y ocultar las firmas de sus dirigentes en muchos documentos de deportación de decenas de miles de judíos a los campos de la muerte.
Ciudadanos alemanes, obligados a ver
cadáveres de judíos tras la guerra


Una revisión del pasado que, afortunadamente, ha ido llegando en Francia lenta pero inexorablemente en los últimos veinte años. Tan necesaria como la eterna memoria del genocidio judío y la rebelión inmediata contra los más pequeños brotes de xenofobia para evitar más Ruandas o Yugoslavias, o por lo menos impedir que sucedan con nuestra omisión de conciencia.

Gracias, señor Öphuls, por su servicio a la ciudadanía.

Para una excelente recopilación de lo que fue el juicio a Klaus Barbie y las implicaciones del caso s epuede visitar (artículos sólo en inglés): http://members.aol.com/voyl/barbie/barbie.htm

viernes, 11 de abril de 2008

Darjeeling, una gozada de viaje


Con la intención de convertir este espacio en una sesión continua y no en una sala de estrenos cada dos meses, retomo la cámara al hombro, cambio a tipo de letra Courier 12 y pongo mis orejas en sonido surround THX. Frente a la obligación de la actualidad inherente a cada bitácora, hoy, como pequeño co-dictador del reino de Os Bobolongos, me auto concedo la licencia de viajar al pasado para sumergirme en una película que visioné hace unos días y que me emocionó con intensidad e hizo reír a carcajada limpia. Un filme ya estrenada hace meses, ampliamente comentada entre la crítica e injustamente olvidada en los aburridos Oscar: Viaje a Darjeeling (The Darjeeling Limited, 2007).

Darjeeling es un viaje en tren con muchas más estaciones de las que aparecen a primera vista. Un viaje cuyo destino es el propio viaje, como ha ocurrido en los grandes relatos desde que Ulises se echase al mar. La historia de tres hermanos cargados de inseguridades y traumas que acuden a la espiritual India en busca de recuperar el rumbo en sus vidas se convierte en un trayecto redentor y, por qué no, iniciático, donde se reivindica la fraternidad de la familia, eso sí, hiperdisfuncional como debe ser en todo buen filme indie.


Adrien Brody, Owen Wilson y Jason Schwartzman son los disgregados hermanos Whitman, que sólo comparten su necesidad de químicos para sobrevivir y su envidia recíproca, llenos de cuitas pendientes desde la muerte de su padre y la huída de su madre a la India para convertirse en una especie de gurú de la meditación. Los tres bordan sus papeles, destilando una tristeza nostálgica que impregna todo la película. Las vías del filme están recorridas por una música en equilibrio armónico y una dirección artística espléndida, con el color, la alegría y la viveza de los amarillos y naranjas de la India frente al gris existencial de los hermanos, a cual más desequilibrado mentalmente. Y por el camino, Anderson tiene tiempo para disparar torpedos a la visión occidental de una India pura y exótica, en el filme casi caricaturizada por el director. Una India a la que acude en masa un turismo ansioso por sentir una vivencia espiritual y que, al mismo tiempo, es incapaz de ver más allá de su consumismo y su onanismo mental.

India, la tierra sagrada como escenario. Y el tren, el más cinematográfico de los medios de transporte, como metáfora. Metáforas hiperrealistas que brotan a lo largo del trayecto, como esas maletas Louis Vuitton diseñadas especialmente para el filme por Marc Jacobs, que simbolizan la pesada carga del pasado, o el magullado rostro de Owen Nilson, reflejo de su baqueteado espíritu, o las feas gafas que Adrien Brody lleva y no necesita, pero que fueran de su fallecido padre, o la amenaza del tigre que atemoriza a los fieles del templo donde ahora reside la madre de los hermanos -la gran Anjelica Huston-, o la serpiente venenosa que lleva el grupo en una caja con el signo de la muerte.... Metáforas que se mezclan con brillantes homenajes, como ese ayudante-criado del controlador Owen Nilson, que prepara el programa de las visitas espirituales de los hermanos, deudor de la relación entre Peter Sellers y su criado Kato en La Pantera Rosa.

Wes Anderson ama a sus personajes, verdaderos perdedores postmodernos que recitan afilados diálogos de humor negro con el rostro más serio. Esquizofrénicos en muchas ocasiones, fracasados en la vida, envueltos en un manto de soledad y apatía, llenos de flaquezas y de traumas del pasado... Son seres en permanente crisis existencial a los que Anderson observa con microscopio, subrayando cada detalle de su desequilibrio, casi regocijándose en sus debilidades y psicopatías... un dibujo hiperrealista de lo que no funciona exhibido en una puesta en escena casi teatral que, paradójicamente, consigue conmover al espectador. Y lo hace porque Anderson mira sus personajes con una profunda ternura y sinceridad, como queriendo gritar a través de ese barroquismo formal que la vida es triste y la alegría fugaz, pero que el viaje siempre es más agradable con alguien al lado que te acompañe.


El preciosismo estético de Wes Anderson, ya había deslumbrado en ese corrosivo retrato del mundo académico que es Academia Rushmore, en el surrealismo de la familia llevada a su grado extremo disfuncional de Los Tenenbaums o en la parodia un tanto fallida de La vida acuática de Steve Zissou. Pero es en Viaje a Darjeeling donde Anderson firma su mejor obra, caminando sin caerse por las vías de la tragicomedia, combinando el humor negro con el romanticismo, la hipérbole detallista con el lirismo profundo. Un viaje de absoluto subidón sin necesidad de pastillas.

jueves, 28 de febrero de 2008

Entrevista a Bebe: "Aún no soy actriz"

Al sur de Granada, El oro de Moscú, La educación de las hadas y, recientemente, Caótica Ana, el último tirabuzón con escorzo en el aire de Julio Médem. Cantautora convertida en símbolo y sorprendente actriz a flor de piel, Bebe Rebolledo compartió unos cafecitos con Os Bobolongos para someterse a un test tan iconclasta como sus autores. Valenciana de nacimiento, extremeña de sangre y madrileña laboral, a Bebe le gusta hablar de la vida con cada respuesta, cambiar de postura en la silla, extender los brazos, afilar los ojos a su entrevistador... En su mochila lleva espíritu de clasicómana, no se considera aún actriz y en la distancia corta es tan natural como un cortaíto calentito y humeante.


Caótica Ana se parece a…

- Ana y los 7 con Derek de babysitter.
- Un Vértigo posmoderno.

- Una sesión de hipnosis colectiva.
- Un viaje con flechas al corazón del machismo.
- Que lo diga Medem, sólo la entiende él.

No se parece a ninguna película que se haya hecho. Es una peli de Médem, con su lenguaje e imágenes. Pero mejor no contarte nada, no hay que hacer conjeturas ni ideas hechas de la peli, por eso no quiero adelantar Yo diría una sesión de hipnosis colectiva.

¿Con que poeta te quedarías?

Julio Médem
Walt Whitman
Joaquín Sabina
Violadores del verso
Isabel Pantoja

Son de distinta clase, pero me quedo con Julio Médem. Aunque para héroes las historias que me contaba mi padre. Es un poco cuentacuentos, mi padre, tienen muy buena mano. De algún ladotengo yo que haber sacado las cosas… Tienes lo que mamas. El entorno es muy importante.

Tres virtudes y tres defectos de tu Linda de Caótica Ana…

Tres virtudes. Es una tipa sólida, muy de tierra, bastante transparente y sin recámara ,que es lo que no me gusta de la gente. Defectos: le pesa demasiado lo que ha vivido y está rabiosa con los hombres, porque no ha tenido suerte con las parejas.

Si te pierdes, habría que buscarte en…

- En algún agujero de Ibiza.
- En el Círculo Polar, a la hora de la aurora boreal.
- En un camping con ardillas rojas.
- En el campito, rodeada de Vacas.

En ningún lado, porque no quiero que me busquen ni que me encuentren. Quien me tiene que encontrar sabe donde estoy.

¿Con cuál de estas heroínas adolescentes te identificas más…?

- Juana de Arco.
- Britney Spears.
- Leire Pajín.
- La Mala Rodríguez.

¿Quién coño es Leire Pajín? Me identifico más con María (La Mala).

¿Qué le dijo su madre cuando anunció que se iba a Madrid a estudiar Arte Dramático al acabar COU?

Yo me quería venir a Madrid antes de acabar COU y mi madre quería que hiciese antes una carrera, pero yo le decía que ya nada da seguridad. A mi padre yo me lo camelaba más, y me ayudó una colega mayor y mi padre intercedió más, porque a mi madre no le hacía mucha gracia que viniese a Madrid con una mano delante y otra detrás.

"Me ponía nerviosa su esnobismo, todo el día hablando de actores y directores para ponerlos a parir". Parece que recuerda con cariño a sus compañeros de escuela...

Eran muy negativos. Lo que no me gustaba era el ambiente en la escuela: los alumnos parecían que eran actores de toda la vida… A mí cuando me dicen tú eres actriz, yo digo, no. No me pongas etiquetas, porque no me las pongo yo. Un actor es alguien que lleva mucho tiempo y tiene carrera. Hay que ir aprendiendo. Me salí de la escuela porque faltaba motivación por parte de los profesores y el alumnado yo flipaba, muchos de ellos muy … La peña que todavía no ha hecho nada son los que tienen un super ego y los que están más alto son los más normales.

Entonces, ¿Cómo se hace una actriz?

Yo no creo en ciertas escuelas… esto no es matemáttico, no es ciencia excata. Es una cosa muy intuitiva, nadie te puede decir esto es así, esto es asá. Tu tienes que tomar ese camino para llegar a ese estado… yo no tengo que tirar de mis recuerdos y morirme de la pena para ponerme a llorar. A lo mejor si me doy un cabezazo contra la pared ya me pongo, chico…

Hablando del oficio, los distribuidores dicen que el cine español no interesa a la gente. Le falta más autocrítica a cine español. Hay que hacer cine pensando más en la gente…

No. Si haces un libro pensando en alguiien, si haces una canción pensando en lo que le va a gustar al público, si haces una entrevista pensando en lo que va a gustar al lector, la hemos cagado. Nunca vas a satisfacer a todo el mundo, y eso te va a frustrar más todavía. Uno tiene que hacer lo que te apetece, y el que no esté de acuerdo, fenomenal. No es una cuestión de humildad, sino que faltan más ayudas para que puedan salir más cosas. En general, somos bastante normales, aunque vamos copiando muchas cosas de los americanos que e slo que a mí no me gusta. En cuanto a celebraciones, movidas, el envoltorio… Ya podíamos copiarnos de otra cosas.


¿Con quién te gustaría trabaja?

Pedro Almodóvar
Alejandro Amenábar
Isabel Coixet
Con la película que mejor guión tenga…

Yo eso no lo diría nunca. No se lo diría a ninguno. Las cosas tienen que ser cuando tienen que ser. Llegan cuando toca, no hay que pedirlas.

¿Qué pelis te llevarías a una isla?

Me he llevado de gira: un peliculón, de los cincuenta, El increíble hombre menguante. Efectos especiales maravillosos, y ahora el exceso de trucos hace que no te tragues los trucos. Te joden la peli. Ves el croma. M, El vampiro de Dusseldorf, peliculón, también. Me quede loca al verla. Esos planos de claroscuros, fumando… me pareció brutal. Me gustan mucho las películas viejas. Son las que más me . Ahí están las buenas historias. Yo siempre te hablo como público. Metropolis, otra que me quedé flipada al verla. Y Bienvenidos a Belleville, otro peliculón.

Juan Diego Botto en Martín Hache echaba de menos que la gente tararease por la calle en Madrid. ¿Tú que echas de menos de tu tierra extremeña?

Adopté de Valencia el mar, pero soy extremeña. El poder salirte de tu pueblo y estar ya en el campo. La facilidad para poder pirarte. Los olores… y el cañeo. Lo primero que hago al llegar es irme de cañas con mi padre. Pequeños placeres…

Tu infancia “olía a flores de las jaras”, la escuela “ a corcho”… y su vida, ¿a qué huele ahora?

Ahora huele mucho a ciudad, pero tiene mucho del campo y del amr. Busco mi oxígeno fuera de aquí. Ahora olores más fuertes e intensos, antes más agradables. Olía a corcho porque vivía en una corchera, entre alcornocales en San Vicente.
Y a veces no huele a nada.

¿De qué color tienes el corazón?

Pardo, como el color de la tierra
Verde esperanza
Rojo intenso
Azul marino

Mezcladito.

Lo mejor de Extremadura son…

Los botellones
Rodríguez Ibarra
Las tapas.
Que no hay obras.
Los mercadillos

Los mercas y las cañas. Hablando en serio, lo mejor son las extensiones de terreno, las llanuras, los espacios abiertos. Y los cielos son muy grandes.

Una velada romántica perfecta sería…

- En el 2 de mayo de botellón con los colegas.
- Con mi amiga María en el campo.
- En busca de cacharrillos en el mercadillo entre pico y pico.
- Cine español y cena con vinito del rico.
- En casa con mi chico buceando entre las sábanas.

Un poquito de todo. Un día se pueden hacer todos. Yo haría el botellón el Badajoz, al lado del río. Con el merca con mi madre y mi hermana.

A quien te comerías en un arrebato…

Eduardo Noriega
Javier Bardem
Johnny Depp

Los tres tienen un favor. Diferentes, pero tres pibazos.

El mejor regalo que te han hecho…

Hace tres días nació mi sobrina, y un poco antes el otro. Mi cuco y mi coquina de Lepe. Es lo más bonito de la vida, el mejor regalo que me han hecho.

¿Quién es el ‘más malo, malo, malo’ de estos cuatro?

José Antonio Roca
Bin Laden
George Bush
La oreja de Van Gogh

Los tres primeros unos liantes. El primero que quitaba era a Bush. Bin Laden y Bush van unidos. Están creados en la misma escuela, son dos puntos que se tocan. Bush no ha matado a nadie, pero está como una puta regadera.

Juguemos al “Yo nunca…”,

- Trabajaría en El Corte Inglés.
- Concursaría en OT
- Leería un libro de Sánchez Dragó.
- Haría play back en la televisión.

Nunca haría play back ni concursaría en OT. Me pusieron la música en play back la primera vez que fui a tele, voz no, y dije nunca más. Eso de play back lo hacíamos de chicos, en el cole. Luego la peña lo agradece. Los técnicos y el público.

Menú preferido.

Huevos rotos con chistorra.
Patatitas extremeñas.
Boquerones en vinaggre.
Foi de oca

Huevos fritos, pero con jamón y chistorra. Echo mucho de menos comer como aquí cuando me voy fuera. Judías verdes y huevos fritos, lo primero que hago al llegar a casa.

¿Por qué hace falta que la gente se mueve?

O te mueves, o caducas, como decía un anuncio de El País. Hay que moverse x todo. Nadie te va a regalar nada. Hay que viajar, queno se necesitan tantas perras. Mi familia y los 5 hermanos hemos viajado mucho y no teníamos un duro antes.
En los curros hay que moverse.

Me relajo en la tele con…

Sexo en Nueva York
House
Anatomía de Grey
Los hombres de Paco
El telediario de Telemadrid

Me relajo poniendome pelis. El otro día vi Los homres de Paco y me gustó. Pero yo me pierdo, hay demasiadas series. ¿Y de hospitales?, ¿cuanyas hay? La tele es un buen sedante. En mi casa nos quedamos croqueta después de comer…

La última película que has ido al cine a ver…

Pudor, que me gustó mucho.

El lado oscuro está…

En las grandes discográficas
En la mula
En Los 40 principales
En la falta de riesgo

En la falta de riesgo. La gente no se la juega, hay que jugarse el pellejo.

Lo peor del éxito es…

Aguantar las gilipolleces de los periodistas
No poder pillármelas como antes
Que los tíos me tienen miedo
La falta de tiempo

Aguantar las gilipolleces de los periodistas, y de algunas personas. Tampoco puedo cogerme los pedos como antes. Siempre tengo que tener un tercer ojo, no estoy nunca tan relajada.

¿Quién de estas mujeres sería un hada para ti?

Esperanza Aguirre
Condolezza Rice
Vanexxa
Angela Merkel

Un hada para mí es mi abuela, que me cuidaría. Y mi madre. Pero como dice la peli, las hadas son chicas normales que tu no las ves por la calle.

¿Cuándo quisiste ser actriz?, ¿Una peli?

Nunca me lo he pplanteado. Es una cosa . Cuando éramos chicos, mi padre se iba y cuando volvía, mi hermano chico y yo le teníamos preparado un tetaro, una sesión, una tienda en casa donde vendíamos los mecheros de casa, muñeco. Me gustaba enredar y poco a poco… Y cuando estaba en el instituto vi la obra Los miserables y me quedé muy flipada. Me emocioné tanto que me entró el gusanillo. Poder llegar a conseguir que alguien se emocione contigo así, d euna manera parecida.

Tu mejor concierto…

Cantar una jota de Guadalupe en la plaza de Siena con 15 años.
Tararear Libertad sin ira en la tripa de mi madre camino del hospital

Mi padre cantaba folclore con su grupo. Casi siempre los mejores son en sitios pequeños.

Una ceremonia de los Goya –estuviste en La educación de las hadas– es como…

Sentada y moviéndote. Me reí mucho en la última. Los del CQC me dejaron la cámara para grabar. Mi Linda de Caótica Ana hace videoarte. Tengo una cámara y un Super 8, tengo miles grabadas y montadas con música por mi padre desde que nacimos. Nos las acaba de pasar a todos los hermanos

¿Qué llevas en el MP3?

Llevo el Discman, aún me gusta llevar cedés. Llevo Lágrimas negras, el último de Nawja Nimri, flamenco, cosas de tipos que me pasan que aún no han sacado disco.


El sitio más raro donde te lo has montado…

En un chat
En un sex shop
En un backstage
En un plató de televisión

Aquí contigo…

El mejor piroro que te han lanzado…

Viva la madre que te parió.

¿Qué tipo de papel te apetecería?

Cualquier papel de acción, de lucha, que tuviera que entrenarme para algo. Me flipa Tarantino. En sus pelis se luce hasta el apuntador. Son trabajos de todo el mundo. Me encantaría aprender kung fú y ser Uma Thurman. O tipo Tomb raider.

Entrevista a Federico Luppi: "Gutemberg, el cine y después nada"


Os Bobolongos ha hablado con Federico Luppi, uno de los actores que nos hace arrodillarnos cual esclavos de Ramses II y gritar al unísono: ¡pero qué grande eres, ché!

Imitando al singular vampiro que interpretó en Cronos, Federico Luppi (Ramalla, Argentina, 1936) parece haber ralentizado el paso del tiempo. Desde hace años, su cabellera blanca y acento porteño se han convertido en un seguro de éxito en la cartelera, donde pronto le veremos en sendos thrillers, primero en El último justo, de Manuel Caballero, y después compartiendo escena con Carmen Maura en Que parezca un accidente, de Gerardo Herrero. Mientras nos atiende en su luminoso piso de Madrid, bebe mate con profusión y juega a masticar las palabras hasta encontrar el adjetivo más certero.


Ponga a remojar la memoria, dígame con qué película supo que iba a ser actor.

Un tranvía llamado deseo. Para mí Marlon Brando marcó un antes y un después en términos de sensibilidad, eficacia afectiva y metodología. También me acuerdo muchísimo de Muerte de un ciclista. Me mostró una España que me habían ocultado. Contar un conflicto tan cotidiano, de crónica policial, y, al mismo tiempo, pintar la profunda y clara oscuridad de un país que uno no conocía. ¡Qué talento el de Juan Antonio Bardem!

¿Milita usted en el bando de los actores del método o en el de los puramente intuitivos?

Para mí se trata de lograr la más profunda expresión con la capacidad de elaboración más económica, la más mínima e inexistente. Y agregaría, como en la vida real. El método te ayuda a asumir como propias las características psicológicas del personaje, pero lo principal es la memoria emotiva del actor y la intuición, que no es una categoría intelectual, sino que forma parte de la condición humana más primitiva.

En su filmografía brillan arquetipos de integridad y compromiso social. ¿Se identifica con ese idealismo?

Creo profundamente en los personajes humanamente ricos, capaces de un final quijotesco o de enfrentarse a un mundo insolidario y castigador. Yo me siento un perdedor en esta sociedad deshumanizada, no he visto cumplido mi deseo de un mundo mejor. Y no quiero hacer ningún alarde de la desesperanza, todo lo contrario. Uno sabe que el mal absoluto existe y que la pena máxima está al otro lado de la esquina, pero también se encuentra luz en los lugares más insospechados. Un poco la ética derrotista que había en las películas de John Ford. Esas cosas que también aparecen a veces en Pedro Almodóvar, cuando, de pronto, en medio de una situación objetivamente ridícula, familiarmente incómoda o sexualmente contradictoria, surge la más sincera humanidad.

¿Es Hollywood el enemigo?

Es un prejuicio mezclar Hollywood con un antiimperialismo poco productivo. Yo mismo lamento en ciertos momentos de mi vida no haber intentado lo que hizo Antonio Banderas: ir al lugar donde se cocina el infierno del mundo, desde el punto de vista de la dificultad, sin saber una palabra de inglés, sin red. Muy poca gente se atreve a tocarle las babas al diablo en su casa.

Pero usted está mucho más cercano al llamado cine de autor.

Mire, a mí me suelen gustar las películas pequeñas en cuanto a la estructura comercial, pero más esenciales, más sintéticas y emotivas, donde la épica está colocada en algún recoveco del corazón más que en la gran lucha social. Luego hay obras dañinas por su ideología, porque endiosan cierta forma de la agresión o de la denigración. Trabajos extraordinariamente hechos que preconizan valores fascistas. Esos no me gustan, pero no diría jamás que son un mal filme.

Desvele la magia del séptimo arte. La gente sabe que va a ver una mentira, pero se emociona y sigue conmoviéndose con una buena historia.

Siempre que uno ve gente amontonada en la calle normalmente es porque están filmando, aunque sea un spot publicitario. El ser humano ha conseguido capturar el movimiento, la instantaneidad de la vida en su estado más puro. Y eso fascina al que lo hace y mucho más a quien lo ve.

Larga vida al cine, entonces…

A mí nada me lo iguala. El cine es la antropología del futuro. En poco tiempo, cuando queramos saber qué pasaba en un país, tendremos que acudir a la Filmoteca a ver qué comía la gente, cómo se vestía, cómo vivía… Siempre hemos tenido la necesidad de dibujar y escribir, de hacer la realidad digerible y comprensible. El cine constata la inevitable pulsión humana por el documento; Gutemberg, el cine y después nada.